martes, 22 de marzo de 2016

Cartas de J. Krishnamurti a una amiga: “Afortunado el Hombre que nada es”



Sea dúctil mentalmente.  El poder no radica en la firmeza y en la fuerza, sino en la flexibilidad.  El árbol flexible aguanta el ventarrón. Adquiera el poder de una mente rápida.
La vida es extraña, tantas cosas ocurren inesperadamente; la mera resistencia no resolverá ningún problema.  Uno necesita tener infinita flexibilidad y un corazón sencillo.
La vida es el filo de una navaja y uno ha de recorrer ese sendero con cuidado exquisito y dúctil sabiduría.
La vida es muy rica, tiene tantos tesoros, y nosotros la afrontamos con los corazones vacíos; no sabemos cómo llenar nuestros corazones con la plenitud de la vida.  Somos pobres internamente, y cuando se nos ofrecen riquezas, las rechazamos.  El amor es algo peligroso, trae consigo la única revolución que da completa felicidad.  Y así muy pocos de nosotros somos capaces de amar, pocos queremos amar.  Amamos en nuestros propios términos, haciendo del amor una cosa comerciable.  Tenemos la mentalidad mercantil y el amor no es comerciable, no es un asunto de tomar y dar.  Es un estado del ser en que se resuelven todos los problemas humanos.  Vamos al pozo con un dedal, y así la vida se vuelve una cosa vulgar, pequeña y mezquina.
¡Que exquisito lugar podría ser la tierra, con tanta belleza como hay, tanta gloria, tanta imperecedera hermosura! Estamos atrapados en el dolor, y no nos importa poder salirnos de él, aun cuando alguien nos esté señalando una salida.
No sé, pero uno está ardiendo de amor.  Hay una llama inextinguible.  Uno tiene tanto de ese amor que desea darlo a todos, y lo hace.  Es como un río poderoso que fluye, nutriendo y regando cada ciudad y aldea por las que pasa; se contamina, la suciedad del hombre entra en él, pero las aguas se purifican pronto y rápidamente prosigue su curso.  Nada puede estropear el amor, porque todas las cosas se disuelven en él -las buenas y las malas, las feas y las bellas.  Es la única cosa que tiene su propia eternidad.
¡Los árboles se veían tan majestuosos, tan extrañamente impenetrables a las calles asfaltadas y al tráfico! Sus raíces se hundían muy abajo, en lo profundo de la tierra, y sus copas se alargaban a los cielos.  Nosotros tenemos nuestras raíces en la tierra, y tiene que ser así, pero nos adherimos a la tierra; sólo unos pocos se elevan a los cielos.  Son las únicas personas creativas y felices.  Las demás se destruyen y se dañan unas a otras sobre esta tierra tan hermosa -con injurias y también con habladurías-.
Sea abierta.  Viva en el pasado si tiene que hacerlo, pero no luche contra el pasado; cuando el pasado llega, mírelo; no lo aparte de sí ni se aferre a él demasiado.  La experiencia de todos estos años, el dolor y la felicidad, los desastres lamentables y los destellos que en usted suscitó la separación, la sensación de lejanía, todo esto habrá de enriquecerla y agregará belleza a su vida.  Lo que importa es lo que tiene usted en su corazón; y puesto que eso desborda, lo tiene todo, usted es todo.
Esté alerta a todos sus pensamientos y sentimientos, no deje que ninguno de ellos se escabulla sin que usted lo advierta y absorba su contenido.  Absorber no es la palabra, sino ver, ver todo el contenido del pensamiento-sentimiento.  Es como entrar en una habitación y ver todo el contenido de la misma de una sola vez, su atmósfera y sus espacios.  Ver los propios pensamientos y estar atento a ellos, lo vuelve a uno intensamente sensible, flexible y alerta.  No juzgue ni condene, sólo esté muy alerta.  De la separación de las impurezas, surge oro puro.
Ver “lo que es” resulta muy arduo. ¿Cómo observa uno claramente? Un río, cuando se encuentra con una obstrucción, nunca está quieto; el río demuele la obstrucción por su propio peso, o pasa por encima de ella o encuentra su camino por debajo o alrededor del obstáculo; el río nunca está quieto; no puede sino actuar.  Se rebela, si podemos expresarlo así, inteligentemente.  Uno debe rebelarse inteligentemente y aceptar inteligentemente “lo que es”.  Para percibir “lo que es”, tiene que existir el espíritu de la rebelión inteligente.  A fin de no confundirse, se necesita cierta inteligencia; pero uno está generalmente tan ansioso por conseguir lo que desea, que se arroja contra el obstáculo; o se destroza contra él o queda exhausto en su lucha contra él.  Ver la cuerda como cuerda no requiere valor, pero confundir la cuerda con una serpiente y luego observar, eso sí que requiere valor.  Uno tiene que dudar, investigar siempre, ver lo falso como falso.  Uno obtiene el poder de ver claramente, mediante la intensidad de la atención; verá usted que ese poder llega.  Hay que actuar; el río jamás deja de actuar, está siempre activo.  Para actuar, uno tiene que hallarse en estado de negación; esta negación misma trae su propia acción positiva.  Pienso que el problema es ver claramente; entonces esa percepción misma es la que genera su propia acción.  Cuando hay flexibilidad, no existe el problema de acertar o equivocarse.
Uno tiene que estar muy claro internamente.  Le aseguro que entonces todo saldrá bien; sea clara y verá que las cosas se ordenan correctamente por sí mismas sin que usted haga nada al respecto.  Lo correcto no es lo que responde a nuestros deseos. Tiene que haber una completa revolución, no sólo en las grandes cosas, sino en las pequeñas cosas de todos los días.  Usted ha tenido esa revolución, no vuelva a lo de antes, manténgase ahí. Mantenga la caldera hirviendo-internamente.
Espero que haya pasado una buena noche, que la salida del sol a través de su ventana haya sido agradable, y que pueda ver apaciblemente las estrellas nocturnas antes de ir a dormir.  Qué poco conocemos del amor, de su extraordinaria ternura y de su “poder”, con qué facilidad usamos la palabra amor; la usa el general, la usa el carnicero; el hombre rico la usa y la usan el muchacho y la muchacha.  Pero ¡qué poco saben de él, de su inmensidad, de su condición inmortal e insondable! Amar es percibir la eternidad.
Qué cosa extraordinaria es la relación, y con qué facilidad caemos en el hábito de una relación particular, donde las cosas se dan por sentadas, donde se acepta la situación y no se tolera variación alguna; no se da cabida a ningún movimiento hacia la incertidumbre, ni siquiera por un segundo.  Todo está tan bien regulado, asegurado, sujeto, que no hay oportunidad ninguna para la frescura, para un claro soplo revivificante de primavera.  Esto y más es lo que llamamos relación.  Si observamos atentamente, vemos que la relación es algo mucho más sutil, más rápido que el relámpago, más inmenso que la tierra, porque la relación es vida. Nuestra vida es conflicto.  Nosotros queremos hacer de la relación algo tosco, rígido y maniobrable.  Y así pierde su fragancia, su belleza.  Todo esto surge porque no amamos, y el amor, es, desde luego, lo más grande de todo, porque en él tiene que existir la completa entrega de uno mismo.
Lo esencial es la cualidad de lo fresco, de lo nuevo, o de lo contrario la vida se convierte en una rutina, en un hábito; y el amor no es un hábito, una cosa aburrida.  La mayoría de la gente ha perdido la capacidad de maravillarse.  Lo da todo por hecho, y este sentido de seguridad destruye la libertad y la sorpresa de la incertidumbre.
Proyectamos un futuro muy distante, lejos del presente.  La atención necesaria para comprender, está siempre en el presente.  En la atención siempre existe un sentido de inminencia.  Tener claridad con respecto a las propias intenciones implica una tarea muy ardua; la intención es como una llama, instándolo a uno incesantemente a comprender.  Sea clara en sus intenciones y verá que las cosas salen bien.  Tener claridad en el presente es todo lo que se necesita, pero no es tan fácil como suena.  Uno tiene que desbrozar el campo para la nueva semilla, y una vez que ésta se planta, su propia fuerza y vitalidad crean el fruto y la semilla siguiente.   La belleza externa jamás puede ser permanente, se estropea siempre si no existe el deleite y la dicha internos.  Nosotros cultivamos lo externo, y prestamos muy poca atención a lo que ocurre bajo la piel; pero lo interno se impone siempre a lo externo.  Es el gusano dentro de la manzana el que destruye la frescura de la manzana.
Se requiere gran inteligencia para que un hombre y una mujer que viven juntos se olviden de sí mismos, no se sometan el uno al otro ni se dominen mutuamente.  La relación es la cosa más difícil que hay en la vida.
Qué extrañamente susceptible es uno a una atmósfera; necesita un ambiente amigable, un sentimiento de atención cálida en el cual pueda florecer libre y naturalmente.  Muy pocos tienen esta atmósfera, por eso casi todos están empequeñecidos, tanto en lo físico como en lo psicológico.  Estoy muy sorprendido de que usted haya sobrevivido sin corromperse en esa atmósfera peculiar.  Uno puede ver por qué no fue usted totalmente destruida, por qué no se manchó ni se doblegó; en lo externo se adaptó lo más rápidamente que pudo, y en lo interno se adormeció.   Es esta insensibilidad interna la que la salvó.  Si se hubiera permitido ser sensible, internamente abierta, no hubiera podido soportarlo y entonces habría existido un conflicto que la habría quebrantado con las huellas consiguientes.  Ahora que está internamente despierta y clara, no tiene conflicto alguno con la atmósfera que la rodea.  Es este conflicto el que corrompe.  Usted permanecerá siempre libre de cicatrices si internamente está muy alerta y despierta y se adapta con afecto a las cosas exteriores.
Los sustitutos pronto se marchitan.  Uno puede ser mundano aún cuando posea pocas cosas.  El deseo de poder en cualquiera de sus formas -el poder del asceta, el poder de un gran financista, o el del político, o el del papa- es mundano.  El anhelo de poder engendra crueldad y pone énfasis en la importancia del sí mismo; la agresividad del yo en expansión es, en esencia, mundanalidad.  La humildad es sencillez, pero la humildad cultivada es otra forma del espíritu mundano.
Muy pocos se dan cuenta de sus cambios internos, de sus retrocesos, conflictos y distorsiones.  Incluso si se dan cuenta, tratan de hacerlos a un lado o escapan de ellos.  No haga eso.  No creo que lo haga, pero hay un peligro en vivir demasiado estrechamente en contacto con los propios pensamientos y sentimientos.  Uno tiene que percatarse de ellos sin ansiedad, sin presión ninguna.  En su vida ha tenido lugar la verdadera revolución, usted debe estar muy atenta a sus pensamientos y sentimientos – déjelos salir, no los controle, no los detenga-.  Déjelos que se viertan hacia afuera, tanto los apacibles como los violentos, pero esté alerta a ellos.
¿Está ocupada con lo que son sus deseos, si es que tiene algunos?  El mundo es un buen lugar; nosotros lo hacemos todo para escapar de él por medio de la adoración, de la plegaria, de nuestros amores y temores.  No sabemos si somos ricos o pobres, jamás hemos investigado a fondo dentro de nosotros mismos para descubrir “lo que es”.  Existimos en la superficie, satisfechos con tan poco y sintiéndonos dichosos o desdichados por cosas tan pequeñas.  Nuestras mentes mezquinas, y así consumimos nuestros días.  No amamos, y cuando lo hacemos es siempre con miedo y frustración, con dolor y anhelos.
Estuve pensando en lo importante que es ser inocente, tener una mente inocente.  Las experiencias son inevitables, tal vez necesarias; la vida es una serie de experiencias, pero la mente no necesita cargarse con sus propias exigencias acumulativas.  Puede lavarse de cada experiencia y mantenerse inocente -sin carga alguna.  Esto es importante, de lo contrario la mente nunca puede ser fresca, alerta y flexible.  El problema no es “como” mantener flexible la mente; el “cómo” es la búsqueda de un método, y el método jamás puede traer inocencia a la mente; puede volverla metódica, pero nunca inocente, creativa.
Comenzó a llover ayer por la tarde, ¡y cómo diluvió durante la noche! Jamás he escuchado nada como esto.  Fue como si se hubieran abierto los cielos.  Con ello había un silencio extraordinario, el silencio de un peso inmenso derramándose sobre la tierra.
Es siempre difícil mantenerse sencillo y claro.  El mundo adora el éxito, cuanto más grande, mejor; cuanto más grande es el auditorio, más grande se considera que es el orador; los colosales super-edificios, los automóviles, los aviones y la gente.  Se ha perdido la sencillez.  Las personas exitosas no son las que están construyendo un mundo nuevo.  Para ser un verdadero revolucionario se requiere un cambio completo de corazón y mente, ¡y que pocos son los que quieren liberarse! Cortamos las raíces superficiales; pero cortar las raíces profundas que alimentan la mediocridad, el éxito, requiere algo más que palabras, métodos, compulsiones.  Parece haber muy pocos, pero ellos son los verdaderos constructores – el resto se esfuerza en vano.
Uno se está comparando perpetuamente a sí mismo con otro, con lo que uno es, con lo que debería ser, con alguien que es más afortunado.  Esta comparación mata realmente, es degradante, pervierte la propia perspectiva de la vida.  Y a uno lo han educado en la comparación.  Toda nuestra educación se basa en eso, y del mismo modo nuestra cultura.  En consecuencia, hay una perpetua lucha por ser otra cosa que lo que uno es.  La comprensión de lo que uno es, descubre la creatividad, pero la comparación genera competencia, crueldad, ambición, lo cual pensamos que produce progreso.  El progreso sólo ha conducido hasta ahora a más guerras despiadadas y desdichas de las que el mundo haya conocido jamás.  La verdadera educación consiste en educar a los hijos sin comparación alguna.
Parece extraño estar escribiendo, parece tan innecesario.  Lo que importa está aquí y usted está allá.  Con las cosas reales es siempre así, es tan innecesario escribir sobre ellas o hablar de ellas; y en el mismo acto de escribir o hablar, sucede algo que las corrompe, que las estropea.  ¡Hay tantas cosas que se dicen aparte de la cosa real! Este impulso de realizarse que arde en tanta gente, en pequeña medida y en gran medida… Este impulso puede satisfacerse de un modo u otro, y con la satisfacción, las cosas más profundas se desvanecen.  Eso es lo que ocurre en la mayoría de los casos, ¿no es así? La satisfacción del deseo es un asunto muy insignificante, por placentero que pueda ser.  Pero con la satisfacción del deseo, como éste continúa satisfaciéndose a sí mismo, sobrevienen la rutina, el aburrimiento, y la cosa real desaparece.  Es esta cosa real la que tiene que perdurar, y la maravilla de eso es que lo hace así si uno no piensa en satisfacerse, sino que ve las cosas exactamente como son.
Muy raramente estamos solos; siempre con la gente, con pensamientos que se agolpan en nosotros, con esperanzas que no han sido satisfechas o que van a serlo, con recuerdos.  Es esencial que el hombre esté solo para no ser influido, para que ocurra en él algo incontaminado.  Para esta soledad creativa parece no haber tiempo, hay demasiadas cosas por hacer, demasiadas responsabilidades, etc.  Se vuelve una necesidad aprender a estar quieto, a encerrarse uno en su habitación, a dar un descanso a la mente. El amor es parte de esta soledad.  Ser sencillos, claros, estar internamente quietos, es tener esa llama.
Puede que las cosas no sean fáciles, pero cuanto más le pide uno a la vida, más temible y dolorosa se vuelve ésta.  Vivir sencillamente, libre de influencias, aunque todo y todos estén tratando de influir sobre uno, vivir libre de los cambiantes estados de ánimo y de las exigencias en constante variación, no es fácil, pero sin una vida profundamente quieta en lo interno, todas las cosas son vanas e inútiles.
¡Que claro es el cielo azul, qué vasto, intemporal y sin espacio! La distancia, el espacio es una cosa de la mente; el aquí y el allá son hechos, pero se convierten en factores psicológicos con el impulso del deseo.  La mente es un fenómeno extraño.  Tan compleja y, no obstante, tan simple en esencia.  Se vuelve compleja por las múltiples compulsiones psicológicas.  Esto es lo que ocasiona conflicto y dolor: la resistencia y las adquisiciones.  Es arduo estar atento y dejarlas pasar de largo sin quedar enredado en ellas.  La vida es un río inmenso que fluye.  La mente atrapa en su red las cosas de este río, descartando y reteniendo.  No tiene que haber red.  La red es del tiempo y del espacio; la red es la que crea el aquí y el allá; la dicha y la desdicha.
El orgullo es una cosa extraña; orgullo en las cosas pequeñas y en las grandes cosas; orgullo en nuestras posesiones, en nuestros logros, en nuestras virtudes; orgullo de la raza, del nombre y de la familia; orgullo en la capacidad, en la apariencia, en los acontecimientos.  Hacemos que todas estas cosas alimenten el orgullo, o escapamos hacia la humildad.   Esta no es el opuesto del orgullo -sigue siendo orgullo, sólo que lo llamamos humildad; la conciencia de ser humilde es una forma de orgullo.  La mente tiene que ser “algo”, lucha por ser esto o aquello, nunca puede hallarse en un estado de ser nada.  Si la nada es una nueva experiencia, entonces la mente debe tener esa experiencia -el intento mismo de hallarse silenciosa es otra adquisición más.  La mente tiene que ir más allá de todo esfuerzo.  Sólo entonces…..
Nuestros días están tan vacíos que se llenan con actividades de toda clase: negocios, especulación, meditación, pena y alegría.  Pero a pesar de todo esto, nuestras vidas están vacías.  Despójese a un hombre de la posición, del poder o del dinero, y ¿qué es él? Externamente, tenía toda esa ostentación, pero internamente es superficial, está vacío.  Uno no puede tener ambas riquezas, la interna y las otras.  La plenitud interna importa mucho más que lo externo.  Uno puede ser defraudado por lo externo, los acontecimientos externos pueden destrozar lo que hemos construido cuidadosamente; pero las riquezas internas son incorruptibles, nada puede afectarlas, porque no han sido producidas por la mente.
El deseo de realizarse es muy fuerte en la gente, que lo persigue a cualquier costo.  Esta realización personal, en todas las formas y en cualquier dirección, es lo que nos sostiene a la inmensa mayoría de nosotros; si fracasamos en una dirección, tratamos de realizarnos en otra.  Pero ¿existe una cosa como la realización? El realizarse puede traer consigo cierta satisfacción, pero ésta se desvanece pronto y otra vez estamos a la caza de algo nuevo.  En la comprensión del deseo llega a su fin todo el problema de la realización.  El deseo implica esfuerzo por ser, por devenir, y con la terminación desaparece la lucha por realizarse.
En las montañas uno tiene que estar solo.  Debe ser encantador tener lluvia en medio de las montañas y ver caer las gotas en el plácido lago.  Sentir como brota el olor de la tierra cuando llueve, y después escuchar el croar de las numerosas ranas.  Hay un extraño encantamiento en los trópicos cuando llueve.  Todo queda bañado y limpio; la lluvia lava el polvo sobre la hoja; los ríos reviven y se oye el ruido de los torrentes.  Los árboles lanzan brotes verdes, done había tierra desnuda surge la nueva hierba silvestre; miles de insectos salen de ninguna parte y el suelo reseco se alimenta y la tierra se ve satisfecha y en paz.  El sol parece haber perdido su cualidad penetrante y la tierra se ha vuelto verde, un lugar de belleza y abundancia.  El hombre sigue labrando su propia desdicha, pero la tierra es rica una vez más y hay encantamiento en el aire.
Es extraño cómo casi todos desean reconocimiento y alabanza -ser reconocidos como un gran poeta, como un filósofo, algo que incremente el propio ego.  Eso produce una gran satisfacción, pero significa muy poco.  El reconocimiento nutre la propia vanidad y tal vez el propio bolsillo.  Y después ¿qué? Eso lo pone a uno aparte de los demás, y la separación engendra sus propios problemas en aumento permanente.  Aunque pueda darnos satisfacción, el reconocimiento no es un fin en sí mismo.  Pero casi todos están atrapados en el anhelo de ser reconocidos, de realizarse, de lograr esto o aquello.  Y entonces es inevitable el fracaso con la desdicha que lo acompaña.  Lo que verdaderamente importa es estar libres tanto del éxito como del fracaso.  Desde el principio mismo no buscar un resultado, hacer lo que uno ama; y el amor no tiene recompensa ni castigo. Si hay amor, esto es realmente muy sencillo.
Qué poca atención prestamos a las cosas que nos rodean, qué poco las observamos y consideramos.  Estamos tan concentrados en nosotros mismos, tan ocupados con nuestras ansiedades, con nuestros propios beneficios, que no tenemos tiempo para observar y comprender.  Esta ocupación hace que nuestra mente se embote y se fatigue, que se llene de frustración y dolor.  Y entonces queremos escapar del dolor.  En tanto esté activo el yo, tiene que haber fatiga, torpeza y frustración.  La gente está atrapada en una carrera loca, en la desdicha del dolor egocéntrico.  Este dolor es profunda irreflexión.  Los que son reflexivos, los que se hallan despiertos y alertas, están libres de este dolor.
Qué bello es un río.  Un país que no tiene un río rico amplio, ondulante, no es un país en absoluto.  Sentarse en la orilla de un río, y dejar que las aguas fluyan al lado de uno, observar las suaves ondas y escuchar cómo bañan las márgenes; ver a las golondrinas cuando tocan la superficie y atrapan insectos; y en la distancia, al otro lado del río, en la orilla opuesta, escuchar voces humanas o a un muchacho que toca la flauta en un tranquilo atardecer, acalla todo el ruido que a uno lo rodea. De algún modo, las aguas parecen purificarlo a uno, limpian el polvo de los recuerdos de ayer, y dan a la mente esa cualidad que es su propia pureza, tal como el agua es, en sí misma, pura.  Un río lo recibe todo -las alcantarillas, los cadáveres, la suciedad de las ciudades por las que pasa – y no obstante se limpia a sí mismo de todo eso a las pocas millas.  Lo recibe todo y permanece siendo él mismo, sin preocuparse de distinguir lo puro de lo impuro.  Son sólo las charcas, las pozas pequeñas las que se contaminan pronto, porque no están vivas, porque no fluyen como los amplios, dulcemente aromáticos ríos ondulantes.  Nuestras mentes son pequeñas charcas que pronto pierden su pureza.  En esta pequeña charca llamada mente, la que juzga, sopesa, analiza -y con todo, permanece siendo la pequeña poza de irresponsabilidad que es.
El pensamiento tiene una raíz o raíces, el pensamiento mismo es la raíz.  La reacción debe existir, o de lo contrario hay muerte; pero el problema consiste en ver que esta reacción no extienda su raíz dentro del presente o del futuro.  El pensamiento está obligado a surgir, pero es esencial advertirlo y terminar con él inmediatamente.  Pensar sobre el pensamiento, examinarlo, jugar en torno a él, es extenderlo, arraigarlo.  Es realmente importante comprender esto.  Ver cómo la mente piensa acerca del pensamiento, es reaccionar al hecho.  La reacción es tristeza, etc. Comenzar a sentirse triste, pensar en el regreso futuro, contar los días, etc. es dar raíces al pensamiento acerca del hecho.  Así la mente echa raíces, y después el arrancarlas se vuelve otro problema más, otra idea.  Pensar en el futuro es echar raíces en el suelo de la incertidumbre.
Estar realmente solos, no con los recuerdos y los problemas de ayer sino solos y dichosos, estar solos sin ninguna compulsión externa ni interna, es permitir que la mente permanezca sin interferencia alguna.  Estar solos.  Tener la cualidad del amor hacia un árbol, estar a solas con él, protegerlo.  Estamos perdiendo el sentimiento por los árboles, y así estamos perdiendo el amor por el hombre.  Cuando no podemos amar la naturaleza, no podemos amar al hombre.  Nuestros dioses se han vuelto muy pequeños y mezquinos, y así es nuestro amor.  Nuestra existencia es mediocre, pero están los árboles, los cielos abiertos y las inextinguibles riquezas de la tierra.
Usted tiene que tener una mente clara, una mente libre que no esté atada a cosa alguna, esto es esencial; y uno no puede tener una mente clara, penetrante, si hay temor de alguna clase.  El miedo traba la mente.  Si la mente no se enfrente a los problemas que ella misma ha creado, no es una mente clara, profunda.  Afrontar las propias peculiaridades, darnos cuenta de nuestros impulsos internos, reconocer todo esto sin ninguna resistencia, es tener una mente profunda y clara.  Sólo entonces puede haber una mente sutil, no sólo aguda.  Una mente sutil no se apresura; vacila.  No es una mente que saca conclusiones, que emite juicios o formulaciones.  Esta sutileza es fundamental.  La mente tiene que saber escuchar y esperar, moverse con lo profundo.  Esto no es para lograrse al final, sino que esta cualidad de la mente tiene que estar ahí desde el principio mismo.  Usted puede tenerla, concédale una plena y profunda oportunidad de florecer.
Penetrar en lo desconocido, no dar nada por sentado, no suponer nada, estar libres para descubrir; sólo entonces puede haber hondura y comprensión.  De lo contrario, uno permanece en la superficie.  Lo que importa no es comprobar o refutar un punto, sino descubrir la verdad.  La verdad del cambio se comprende sólo cuando existe “lo que es”.  “Lo que es” no es diferente del pensador.  El pensador es “lo que es”, no está separado de “lo que es”.
No es posible hallarse en paz si hay cualquier clase de deseo, cualquier esperanza de algún estado futuro.  El sufrimiento es lo que sigue al deseo, y la vida está generalmente llena de deseos; incluso alimentar un solo deseo lleva a incesante desdicha.  Porque el liberarse de ese único deseo, aun el saber que ese deseo requiere atención, es para la mente un asunto bastante serio.  Cuando lo descubra no deje que se convierta en un problema.  Prolongar el problema es permitirle que eche raíces.  No deje que se arraigue.  El único deseo es el único dolor.  Oscurece la vida; hay frustración y angustia.  Sólo esté atenta al deseo y sea sencilla al respecto.
A través de esta finca pasa un arroyo.  No es un agua tranquila que corre apaciblemente hacia el gran río, sino un torrente animado y ruidoso.  Toda esta región que nos rodea aquí es cerril, el torrente tiene más de una cascada y en un lugar hay tres cascadas a diferentes profundidades.  La más elevada es la que hace el ruido, es la más audible, las otras dos no se aprecian pero se escuchan en un tono menor.  Estas tres cascadas están distintamente espaciadas, de modo que el movimiento del sonido es constante.  Uno tiene que prestar atención para escuchar la música.  Es una orquesta tocando en medio de las huertas, bajo los cielos abiertos.  La música está ahí.  Uno tiene que descubrirla, tiene que prestar atención, tiene que acompañar el fluir de las aguas para escuchar su música.  Uno tiene que ser lo total a fin de escucharla -los cielos, la tierra, los altísimos árboles, los verdes campos y las rápidas aguas.  Sólo entonces la escuchará.  Pero todo esto es demasiada molestia; uno va, compra un boleto y se sienta en una sala rodeado por la gente, y la orquesta toca y alguien canta.  Ellos hacen todo el trabajo por uno; alguien compone una canción, la música, otro toca y canta, y uno paga por escuchar.  Todo en la vida, excepto para unas pocas cosas, es de segunda, tercera o cuarta mano -los dioses, los poemas, la política, la música.  Y así nuestra vida es vacía.  Estando vacía tratamos de llenarla -con la música, con los dioses, con el amor, con formas de escape, y el mismo llenar la vida es el vaciarla.  Pero la belleza no es para comprarse.  Pocos son, pues, los que anhelan la belleza y bondad, y el hombre se satisface con cosas de segunda mano.  Desechar todo eso es la única y verdadera revolución; sólo entonces surge lo creativo de la realidad.
Es extraño cómo el hombre insiste en la continuidad de todas las cosas; en las relaciones, en la tradición, en la religión, en el arte.  No hay un desprenderse de todo y empezar otra vez de nuevo.  Si el hombre no tuviera un libro, ni un líder, ni a alguien a quien copiar o seguir como ejemplo, si estuviera completamente solo, despojado de todo su conocimiento, tendría que comenzar desde el principio.  Por supuesto, este completo despojarse uno mismo de todo, tiene que ser absoluta y plenamente espontáneo y voluntario; de otro modo puede uno enloquecer o forzarse hacia algún tipo de neurosis.  Como solamente muy pocos parecen ser capaces de afrontar esta completa soledad, el mundo continúa con la tradición -en su arte, en su música, su política, sus dioses- lo cual engendra perpetua desdicha.  Esto es lo que realmente ocurre en el mundo.  No hay nada nuevo, sólo oposición y contra oposición -en la religión continúa la vieja fórmula del dogma y el temor; en las artes está el esfuerzo por encontrar algo nuevo.  Pero la mente no es nueva, es la misma mente vieja agobiada por la tradición, el miedo, el conocimiento y la experiencia, esforzándose en pos de lo nuevo.  Es la mente misma la que debe desnudarse totalmente para que lo nuevo sea.  Esta es la verdadera revolución.
El viento está soplando desde el sur, hay nubes oscuras y lluvia, todo sigue adelante, extendiéndose y renovándose sin cesar.
El granjero que vive cerca de aquí tenía un hermoso conejo, vivaz y saltarín.  Su esposa se lo trajo, y una de las mujeres dijo:  “No puedo mirar,” y el hombre lo mató y unos minutos después eso que estaba vivo, con una luz en sus ojos, era despellejado por las mujeres.  Aquí como en otras partes del mundo, están acostumbrados a matar animales, la religión no les prohíbe hacerlo.  En la india, donde por siglos a los niños se les enseña -al menos en el sur, entre los brahmines – a no matar, lo cruel que es matar, hay muchos niños que, cuando crecen, están obligados por las circunstancias a cambiar su cultura de la mañana a la noche; comen carne, se convierten en oficiales de las fuerzas armadas para matar y ser muertos.  De la mañana a la noche cambian sus valores.  Un patrón particular de cultura con siglos de existencia se destruye, y uno nuevo ocupa su lugar.  El deseo de estar seguros, en una forma u otra, es tan dominante que la mente se ajustará a cualquier patrón que pueda darle certidumbre y seguridad.  Pero la seguridad no existe; y cuando uno realmente comprende esto, hay algo por completo diferente que crea su propio estilo de vida.  Esa vida no puede comprenderse ni copiarse; todo lo que uno puede hacer es comprender, advertir claramente los hábitos de seguridad, lo cual trae consigo su propia libertad.
La tierra es hermosa, y cuanto más sensible y perceptivo es uno a ella, más hermosa es. El color, las variedades de verdes, los amarillos.  Es asombroso lo que uno descubre cuando está a solas con la tierra.  No sólo los insectos, los pájaros, la hierba, las variedades de flores, las rocas, los colores y los árboles, sino los pensamientos, si es que uno los ama.  Jamás estamos a solas con nada.  Ni con nosotros mismos ni con la tierra.  Es fácil estar a solas con un deseo; no resistirlo mediante un acto de la voluntad, no dejarle que escape a través de alguna acción, no permitir que se satisfaga, no crear su opuesto por la justificación o la condena, sino estar a solas con él.  Esto genera un estado muy extraño sin acción alguna de la voluntad.  Es esta voluntad la que crea resistencia y conflicto.  Estar a solas con un deseo, produce una transformación en el deseo mismo.  Juegue con esto y descubra lo que ocurre; no fuerce nada, sólo considérelo tranquilamente.
¿La educación? ¿Qué entendemos por educación? Aprendemos a leer y escribir, adquirimos una técnica necesaria para ganarnos la vida, y después se nos lanza al mundo.  Desde la infancia nos dicen qué debemos hacer, qué debemos pensar; y en lo interno estamos profundamente condicionados por lo social y por la influencia del ambiente.
Estuve pensando si podemos educar al hombre en lo externo pero dejando el centro libre.  ¿Podemos ayudar al hombre a liberarse internamente y estar siempre libre? Porqué es sólo en libertad que puede ser creativo y, por tanto, feliz.  De lo contrario, la vida se convierte en un asunto tortuoso, una batalla interna y, por consiguiente, externa.  Pero estar libres internamente requiere una atención y una sabiduría asombrosas; y pocos son los que ven la importancia de esto.  Nos interesamos en lo externo, no en la creatividad.  Pero para cambiar todo esto, tiene que haber al menos unos pocos que comprendan la necesidad de este cambio, que estén dando origen a esta libertad dentro de sí mismos.  En éste un mundo muy extraño.
Lo que importa es un cambio radical en el nivel inconsciente.  Ninguna acción consciente de la voluntad puede afectar el inconsciente.  Como lo consciente no puede afectar las búsquedas, los deseos y los instintos inconscientes, la mente consciente tiene que serenarse, aquietarse, y no tratar de forzar al inconsciente para que se amolde a algún patrón particular de acción.  El inconsciente tiene su propio patrón de acción, su propia estructura dentro de la cual funciona.  Esta estructura no puede ser rota por ninguna acción externa, y la voluntad es un acto externo.  Si esto se ve y se comprende de verdad, la mente externa se aquieta; y a causa de que no hay una resistencia establecida por la voluntad, uno descubrirá que el denominado inconsciente comienza a liberarse a sí mismo de sus propias limitaciones.  Sólo entonces hay una transformación radical de todo el ser del hombre.
La dignidad es una cosa muy rara.  Un cargo o una posición de respeto, otorgar dignidad.  Es como ponerse encima un abrigo.  El abrigo, el traje, el puesto, dan dignidad.  Un título o una posición dan dignidad.  Pero desnúdese al hombre de estas cosas,  y muy pocos tienen esa condición de dignidad que surge cuando uno está internamente libre, cuando en lo interno es como la nada.  Ser algo o alguien es lo que el hombre anhela, y ese algo le da una posición respetable en la sociedad.  Pone al hombre en alguna clase de categoría -inteligente, rico, un santo, un físico; pero si él no puede ser puesto en una categoría que la sociedad reconoce, es una persona excéntrica.  La dignidad no puede asumirse ni cultivarse, y estar consciente de la propia dignidad es estar consciente del propio yo, que es tan pequeño y mezquino.  Ser verdaderamente nada, es estar libre de esa idea misma.  Esa es la verdadera dignidad, no el pertenecer a un estado o a una condición particular.  Esta dignidad no nos la pueden quitar, está siempre ahí.
El verdadero estado de percepción alerta en permitir que la vida fluya libremente, sin que quede ningún residuo.  La mente humana es como un tamiz que retiene algunas cosas y deja pasar otras.  Lo que retiene, es la medida de sus propios deseos; y los deseos, por profundos, vastos o nobles que sean, son pequeños, son mezquinos, porque el deseo es cosa de la mente.  La completa atención implica no retener cosa alguna, sino poseer la libertad de la vida, que fluye sin restricción ni preferencia alguna.  Siempre estamos reteniendo o eligiendo las cosas que significan algo para nosotros, y aferrándonos perpetuamente a ellas.  A esto lo llamamos experiencia, y a la multiplicación de experiencias la llamamos riqueza de la vida.  La experiencia que queda, que uno retiene, impide ese estado en que no existe lo conocido.  Lo conocido no es el tesoro, pero la mente se aferra a eso, con lo cual destruye o profana lo desconocido.
La vida es una cosa extraña.  Afortunado el hombre que nada es.
Somos, al menos lo es la mayoría de nosotros, criaturas que nos caracterizamos por nuestros estados de ánimo y por la manera en que estos varían.  Pocos escapamos de ello.  En algunos, la causa es la condición corporal, en otros un estado mental.  Nos gusta este estado cambiante, pensamos que este movimiento del ánimo forma parte de la existencia.  O uno simplemente flota a la deriva, de un estado de ánimo a otro.  Pero hay unos pocos que no están presos en este movimiento, que se hallan libres de la batalla del devenir, de modo tal que internamente existe una firmeza que no es producto de la voluntad, una estabilidad que no es cultivada, que no es la estabilidad del interés concentrado ni es producto de ninguna de estas actividades.  Llega a uno únicamente cuando cesa la acción de la voluntad egocéntrica.
El dinero estropea a la gente.  El rico posee una peculiar arrogancia.  Con muy pocas excepciones, en todos los países, los ricos tienen esa atmósfera peculiar de poder doblegarlo todo a su antojo, incluso a los dioses – y ellos pueden comprar sus dioses.  La capacidad le confiere el hombre una extraña sensación de libertad.  También siente que está por encima de otros, que es diferente; todo esto le da un sentimiento de superioridad; se sienta cómodamente y observa como otros se retuercen; olvida su propia ignorancia, la oscuridad de su propia mente.  Después de todo, el escape es una forma de resistencia, la cual engendra sus propios problemas.  La vida es una cosa extraña.  Afortunado el hombre que nada es.

Extraído de “Krishnamurti. Biografía”.  
Pupul Jayakar.
Editorial Kier.

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